Segunda Prueba Masónica
EL TEMPLO DE SALOMÓN. Hiram Abif fue el primero en analizarlo: se espera que algo suceda, pero ¿qué?. No se trata adquirir el conocimiento para razones vacías, sino de conocerlo y saber aplicarlo para la búsqueda de la verdad. La filosofía puede estar involucrada, ¿pero es realmente el conocimiento lo que más le importa a la sociedad? ¿Por qué tratan de sentirse libres de obligación de conocer, con la posibilidad de vivir en la ignorancia? ¿Es verdaderamente posible comprender el mundo y el pensamiento de quienes lo habitan?
Un ruido interviene y todo cambia. Solo esa porción de
pensamiento había rondado en la cabeza de miles de personas en el mundo con el
paso de los siglos, pero en especial de un chico en aquel solitario auditorio
de la Universidad de Cambridge. A pesar de que sus compañeros no supieran la
magnitud de sus pensamientos, el constante miedo de estar siendo observado por
los miembros superiores le invadía y por cada esquina que pasaba, el deseo de
conocer el verdadero secreto aumentaba.
El sonido del segundo timbre y el llamado de atención por parte de su profesor fue lo que le permitió notar que nadie más quedaba en el auditorio a parte de las dos almas presentes. Se apresuró a salir de clase, hacia un destino algo diferente, pero deseado.
El horario universitario había acabado, y mientras se disponía a atravesar el campus, el pánico lo inundó nuevamente. Miró levemente a la izquierda y la vio, con su cabello sedoso y labios rojos, una chica con un conocimiento mayor a cualquiera de su edad punto de graduarse, y una mirada penetrante que no siempre mostraba lo que se suponía. No podía evitar sentir algo por ella, pero su mirada no expresaba atracción sino confidencia, como si tuvieran un secreto en común.
Como siempre, la distracción de una chica era lo que generaba que revisara su carta de invitación con la próxima locación de la reunión de masones: un bar cerca de al Trinity College. ¿Por qué razón la reunión se realizaría tan cerca? Las locaciones pasadas eran lugares muy alejados y discretos, pero esta estaba a menos de un kilómetro de donde estaba y resultaba ser el bar más concurrido de la ciudad.
Pero como era costumbre, los nuevos miembros de la orden no debían refutar, solo obedecer, así que se dispuso a caminar hacia su lugar de destino.
La necesidad de saber le llenaba la cabeza a medida que se acercaba, pero sabía que a los miembros les molestaba las expresiones de deseo de saber inmediatamente. A pesar de que en pasadas ocasiones todos los miembros en la reunión debían usar máscaras, en esta fue explícitamente indicado que no eran necesarias, lo que indicaba que era importante y por ende debía apresurarse.
El olor a whisky y tabaco impregnaba el aire dentro del bar. Esta no parecía ser la locación apropiada para discutir asuntos sobre la moral, la ciencia y la sociedad, pero parecía que era suficiente para los miembros masones.
Antes de poder pensar algo más, escuchó un llamado: era ese chico, conocido como John, miembro del club de teatro de la universidad, junto con varios alumnos, incluyéndola a ella, en una mesa en medio de la taberna. Lo invitaron a sentarse, pero dudó: no se sentía bien que los miembros masones llegaran y lo vieran con semejantes sujetos, pero era mejor pasar desapercibido para que no se viera como un completo inútil estando de pie en medio de un bar, así que aceptó la invitación.
El típico Anthony, estudiante de cálculo de quinto nivel, le preguntó la razón por la cual se encontraba ahí. Sabía que no se encontraba a menudo pues su padre era dueño de una serie de tabernas a nivel internacional, incluyendo esa. Esto no lo sorprendió considerando que ambos habían sido amigos durante un largo periodo de tiempo en el pasado y era un dato ya conocido, así que su excusa se basó en una investigación sobre el consumo de alcohol en la cual iba a entrevistar a un empresario de ese sector de mercado en aquel lugar, lo cual no convenció a este chico, pero no generó más preguntas.
Pasaron más de 30 minutos desde la hora acordada, y la paciencia empezó a colmarse. El olor a alcohol destilado se estaba volviendo algo harto, y el ruido excesivo no permitía que los pensamientos se ordenaran. Las paredes tenían un tono café claro que no sugerían nada más que simpleza y rudeza. Se disculpó con sus compañeros y trató de irse, pero inmediatamente la chica tomó su mano y lo detuvo. Posó sus ojos en los de él y con una sola mirada, su corazón sintió algo, algo que ningún ser humano ha experimentado. La libido de este muchacho aumentó inmediatamente al igual que sus inmunosupresores, lo que generó que se sentara.
Pasaron varias horas, en las cuales los muchachos hablaron. Se acercaba el momento de cerrar por la noche, y la mayoría de los integrantes de la mesa abandonaron la locación, pero al final solo quedaban estos cuatro personajes. Algo para percatarse, era que estos individuos no habían tomado nada de alcohol y se encontraban en completa agudeza mental, pero todos, a excepción de él, poseían una mirada de asombro y profundidad.
Más de cuatro horas habían pasado desde la reunión acordada, así que la esperanza estaba totalmente perdida. Se dispuso a levantarse de la mesa, y esta vez sus compañeros no hicieron el mínimo esfuerzo en detenerlo, pero la puerta al salir fue última que sus ojos vieron.
Oscuridad, completa y absoluta reinaba en el ambiente. La más mínima luz no podía ser divisada en este lugar tan siniestro, y sin embargo, un olor exquisito rondaba la habitación. Después de unos segundos, los ojos se adaptaron a la oscuridad y a lo lejos, en una esquina algo remota, estaba un libro. Fue a recogerlo, y notó que el aire era algo pesado, pero a su vez, suave al tacto.
Al levantarlo, notó que este libro no era un simple texto: era El libro, que según él, era el único en el que su autor estaba presente cuando se leía. Lo levantó y se notaba que las inscripciones estaban escritas en una lengua casi perdida. A este punto, nada tenía sentido: la institución más antigua de la historia, que cuestionaba todos los caracteres fuera de la razón, le estaba entregando la Biblia, el ente sagrado de la religión católica. La duda existencial se sembró nuevamente en el corazón de este joven, pero el tiempo de dudar se había agotado ya que a su lago, la puerta de un automóvil se abrió, y una fuerza sobrenatural lo empujó allí, para quedar nuevamente en estado de trance.
Se despertó en su clase de filosofía, con la mano levantada en señal de pregunta, y su maestra en completo desespero pues se suponía que debía hablar hace más de 2 minutos. Un estado de impacto se presentó en este muchacho: el bar, los compañeros, el libro, el auto, todo pareciese haber sido un sueño, solo una horrible pesadilla. La inseguridad siempre estaba presente, pero la razón lo terminó de convencer que esta alternativa era mejor que un lugar sucio con personas inútiles y un libro irrazonable.
Pasadas las horas, estudiando en la biblioteca, ella se acercó, pero su mirada ya no era misteriosa: era feliz. No era usual, pero no era algo que le molestara. La felicidad rondaba en su cabeza, pero esta no duró desde el momento que esta chica lo invitó nuevamente al bar dentro de una semana.
Corrió. Corrió con todas sus fuerzas y a toda velocidad a su dormitorio. Abrió la puerta y allí estaba: junto con unos papeles, estaba el libro. Todo lo que había pasado fue real. Sentado en su cama, las dudas empezaron a aparecer nuevamente: ¿Por qué los masones enviarían un libro religioso?, ¿La religión y la razón están unidas hasta el punto de que una no pueda existir sin la otra?, ¿A caso los masones tienen influencia en la religión?. Las dudas eran muchas, y la segunda parte del horario estaba a punto de empezar, así las dudas debían dejarse para después.
Ya en clase de historia, el aburrimiento era la principal emoción en el aire. No se sabía si la razón era por ser justo antes de la hora de almuerzo, o por el hecho de que se estaban realizando presentaciones, pero pareciese que nada podía mejorar este ambiente.
El primer grupo en presentar, casualmente, fue el de los tres estudiantes que estuvieron en el bar aquel día. Presentaron algo relacionado con la arquitectura antigua, no muy interesante en realidad, pero sí muy conocido por los presentadores, pero algo que llamó la atención de este chico fue el constante uso de imágenes de compás y escuadra, símbolos masónicos. No estaba mal que lo hicieran, pero era una coincidencia demasiado grande como para ser verdad que cuatro individuos de una misma universidad fueran de la misma sociedad.
Al acabar la clase, solo quedaban el chico y el primer grupo con el profesor en el aula. Ya pasando por la puerta, ella lo llamó para que volviera a ingresar. El profesor acababa de marcharse, y John dijo:
- Ha pasado la segunda selección. Bienvenido, masón
Luego, se removió el guante de la palma derecha y en él se encontraba el símbolo masón impreso con una barra de hierro que solo los miembros superiores poseían. Todos ellos tenían en mismo símbolo. No era posible: sus compañeros de aula eran miembros superiores de la Orden Secreta masónica.




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